miércoles, 11 de agosto de 2010

El chiringuito ("paranoya" corta)

Soy un hombre de religiosas costumbres. Lo heredé de mi padre, las costumbres, claro. Su religiosidad la perdí, a poco de recibir la Confirmación, por culpa de “Aristóteles & Cia.” cuando los curas empezaron a politiquear desde los púlpitos a finales de los setenta. Cada mañana veraniega, después de regalarme un ligero desayuno, sólo por acompañar el paracetamol que calme la maldita resaca, salgo pitando para el WC. ¡Qué alivio proporciona soltar la mierda alcoholera! No hay nada como una buena cagada para volver a sentirme yo mismo. La vida de funcionario docente no es tan liviana como muchos suponen, ni las vacaciones tan relajantes ¡Qué va! Hay que recoger la casa (limpiar no, eso una vez al mes en verano) y después preparar la comida del medio día. Así que lo mismo tengo que salir a comprar cualquier cosilla que me falte. ¡Con la de gente que hay en todos sitios!... colas interminables en las cajas de los establecimientos, que para colmo casi ninguno tiene aire acondicionado. Vamos, que uno se puede agobiar tela con tanto trajín.

Tras unas horas de aturdimiento forzoso, tomo el ansiado camino de la playa. Mochila con todos los bártulos necesarios, butaca, libro y poco más. En cinco minutos estoy allí sentado, disfrutando del sol, el mar, y del panorama idílico que fluye ante mi. Bueno, depende. A veces tengo que soportar el alud de niños “porculeros” que sus santas madres han soltado para que campen a su libre albedrío porque ni ellas mismas los aguantan. ¡Joder, que coincidencia! Si no fuera porque no tengo que hablar con ellos ni llamarles la atención juraría que me había equivocado y estaba en el instituto. Esas cosas tienen las playas familiares de mi pueblo. No todo va a ser perfecto.

Pero entonces, como por arte de magia, llega la hora de la cervecita. Busco a mi alrededor (en realidad no busco, siempre me pongo junto a uno) y cual espejismo en el desierto se erige “El Chiringuito”. Edén de los edenes veraniegos. ¡Dios! ¡Que profundo placer! La primera me la bebo de un tirón, sin respirar (tampoco eructo. Está feo ¿no?). Se me ponen los vellos de punta como en el anuncio, de verdad. Ya la siguiente es otra cosa… la saboreo lentamente (sin darle tiempo a calentarse), escuchando buena música y no sabiendo a que ricura de las que están o pasan por allí mirar. Quizás sea uno de los momentos más deseados del día. ¡Menudo invento son los chiringuitos! Los amigos empiezan a llegar y la fiesta se desata. A veces, especialmente los fines de semana, paso de cocinar y me quedo a comer con la peña. Por la tarde se suceden los cafés, cócteles varios y mojitos que hacen más placentero el intervalo entre baño y baño. Un cachondeo, vamos.

He de admitir que la peregrinación diaria al chiringuito playero está dentro del top 3 de mis rutinas favoritas. Las otras dos… bueno, ya lo contaré otro día. Sin embargo, hay gente que no sabe disfrutar de estos placeres mundanos. Por ejemplo, mi amigo Regner Jeppersen tiene una concepción muy diferente a la mía. Regner es un danés que lleva tiempo deambulando por Andalucía. Su padre tenía negocios inmobiliarios en Dinamarca y cuando éste murió heredó una repugnante suma de dinero. El hombre, que de tonto no tiene un pelo, dejó los negocios en manos de administradores y se vino para España. Vamos, que no da un palo al agua. Suele pasar un par de semanas al año en Sanlúcar, en su “pisito con vistas al ocaso”, como le gusta llamarlo con ese acento “guiri” que no pierde ni a la de tres. Va a la playa por la mañana temprano y cuando se acerca el atardecer. No pisa un chiringuito ni de coña. Para él, los chiringuitos de playa son un insulto a la naturaleza y al ser humano más que un servicio público. Cuando se viene a la playa, razona, debemos estar abiertos a la sensación de libertad que produce el alejamiento de la civilización y entrar en contacto con la parte más intimista de cada persona, como un acto de purificación. Hay tantos matices sensoriales de los que disfrutar… el olor del mar, la variación de la luz solar, los sonidos circundantes, las aves, las olas… Regner afirma que un chiringuito contamina esta percepción y nos aliena… es como traerte tu casa a la playa… hacemos lo mismo que en el salón: beber, comer, escuchar música y, en algunos, hasta ver la tele. Lo mismo opina de esas familias que cargan hasta con la plancha para asar los “filetitos” y las gambas. Para él es una contradicción. Vamos, que no sabemos disfrutar porque no desconectamos.

Personalmente, creo se cuela un poco y es una “mijita” extremista. Con la pasta que tiene no se cómo no se busca una playa desierta y ¡Hala!, a disfrutar de la naturaleza haciendo el bestia. Él se lo pierde. Yo me quedo con mi “chiringuito”. ¿Y ustedes qué prefieren? ¿La pastilla azul o la roja?

1 comentario:

  1. Al guiri, la próxima vez que vaya a la playa, le pones por delante una cervecita bien fría y una buena tapa de gambas... y al aterdecer un mojito con to sus avíos, y que diga que así no se entra en contacto con uno mismo, si tiene webs...

    Buena "paranoya corta" nene, mancantao!

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