Cuarenta días en el desierto… es lo que tiene ser un flojo. Cuarenta días con sus noches enteras en la vasta extensión de paramos confusos, tregua de la tregua vital que azora nuestras vidas… cuarenta días y cuarenta noche echando de menos…
Tener conciencia a veces no ayuda y nos perdemos, como sin querer, esperando perderla tras el cansino deambular… arrastrando los pies o simplemente dejándonos caer allá donde ansiamos un aliviador reposo con promesa sanadora.
¿Qué fue Cristo a buscar o, quizás, fuera a perder? ¿Qué tentaciones inquietaban su sueño, o eran acaso temidos deseos para los que no estaba preparado? Era un hombre, no más, atrapado en la soledad de este mundo.
Poco a poco vamos despertando… todo sigue igual, al menos, en apariencia… tomamos un trago de algo que ayude a digerir la arena tragada por la violencia del viento… desiertos y desiertos… a fuerza de costumbre deja un sabor familiar… y damos un beso de buenas noches al insomnio, a la amnesia reconfortante, a echar de menos….
Los flojos tenemos conciencia… y nos remuerde, de vez en cuando, dejar que la vida transcurra así sin más… los letargos voluntarios no son sanos… hay mucho que contar… y entre yo por ti o tú por mi… la casa sin barrer.

Pues si... es tan personal que solo lo entiendes tú, o vete a saber quien...
ResponderEliminarQuizás, algún día, cuando seamos amigos de verdad, me lo cuentes y entonces entienda tu vida y por qué estás tan solo. A lo mejor eso me ayuda a entender a mi por qué estoy tan sola...
...es lo que tiene hablarse a uno mismo...