¿A dónde? ¿No llevamos allí tanto tiempo que apenas si recordamos? Pobre reclamo de los defensores obreros cuyo aburguesamiento ha posibilitado el reestablecimiento del servilismo social. ¿Cómo han podido permitir que el capitalismo más cruento vuelva a subyugar la dignidad de los trabajadores?
Pudo hablar más alto, pero no más claro. En su exposición, Hugo Gómez, abogado laboralista, no hizo sino transcribir lo que millones de ciudadanos llevan sufriendo en su lucha por el sustento: “Esta reforma no cambia nada del sistema existente, sólo le da cuerpo legal”. La connivencia de las grandes centrales sindicales, completamente engranadas en la oligarquía empresarial, es responsable de la indefensión a la que ahora se ven sometidos aquellos cuyos derechos están siendo continuamente pisoteados. La indignación iba incrementando a medida que sus palabras nos despertaban de esa inopia, alineación voluntaria que adoptamos para no ceder ante la sensación de impotencia.
Llega el momento de la reflexión, de buscar nuevas direcciones y estrategias, caiga quien caiga, de boicotear a los “criados” de la patronal y, aunque el camino es largo y tortuoso, de buscar fórmulas alternativas de organización a nivel político y sindical. “Así No”. El SAT pudo haber traído a un dirigente provincial o regional que otorgara boato al acto, pero no, prefirió a una persona curtida en los más enrevesados despachos de la negociación laboral. Démosles el beneficio de la duda y no los crucifiquemos colgándoles el cartel de advenedizos, ni les ignoremos porque son poco “ poderosos” en el circo del sindicalismo. ¿Quién puede presuponer la calidad de su aportación a este sistema corrupto? Juzguémosles simplemente por sus actuaciones y apoyémosles cuando sus demandas sean justas.
El juego político borda una “A” escarlata en aquellos que pretenden llevar a cabo una manera distinta que rompa con sus reglas. Pero ya estamos cansados de volver la mirada hacia otro lado. Debemos forzar a nuestros representantes a demostrar un compromiso leal a la causa. Para ello tenemos que arrancar las malas hierbas y volver a sembrar de nuevo. Cierto es que el desencanto será nuestro mayor enemigo, pero una cosa es inevitablemente cierta, el cambio no puede esperar más, y todos tenemos mucho que decir y hacer.

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