miércoles, 29 de septiembre de 2010

30 de septiembre: día 0.

Grandes cambios han acaecido desde diciembre del ‘88, cuando un país entero se paralizó alzando la voz, como si de una premonición se tratase, contra los aires inciertos que se vislumbraban en el horizonte del bienestar social de España. Por aquel entonces, la UGT se desmarcaba de la política “pro-mercado” que iniciaba un gobierno teóricamente de izquierdas. Algo que, tristemente, no duraría mucho y cuyas consecuencias están sufriendo ahora millones de ciudadanos.


Todo ha salido como se esperaba: los sindicatos convocantes haciendo alarde del alto grado de seguimiento de la huelga general mientras el gobierno maquilla los datos dejándolos en agua de borraja; y todos han seguido su papel al pie de la letra, como una sintonía dulcemente entonada. La verdadera respuesta no se nos escapa: todos hemos salido perdiendo con la división, pues en la coyuntura actual ya nadie cree.

Han sido raros los días previos… sentimientos contradictorios que invadían el ánimo de muchas personas abatidas por la inmensidad del escepticismo, la apatía y el desencanto. Y no les falta razón a aquellos que al acudir al trabajo han adoptado una postura equivalente a ponerse en huelga contra los sindicatos. A fin de cuentas ¿Qué diferencia existe entre un gobierno sumiso a las directrices del neoliberalismo más radical, ocupado exclusivamente en perdurarse en el cargo, y unas centrales sindicales acomodadas cuya pasividad y connivencia, por unos suculentos estipendios, han hecho de esta reforma una mera constatación legal de la realidad laboral que azota nuestra región, volviendo, en todo momento, la vista hacia otro lado?

Sin embargo, hoy no debe ser un día de reflexión sino de acción y movilización social: ya es hora de que se planteen y lleven a cabo cambios significativos en la organización y estructuración tanto de sindicatos como de partidos políticos (si tuvieran decencia, todos los cargos sindicales dimitirían, pues su ineficacia ha quedado demostrada por los acontecimientos de los últimos veinticinco años); ya es hora de que las bases exijan y fuercen las reformas necesarias que posibiliten el reestablecimiento de principios adecuados y eficientes capaces de hacer frente a la amenaza de la oligarquía de las grandes corporaciones.

Por el bien de todos, espero que los sindicatos hayan tomado buena nota de la respuesta popular, reconozcan sus errores, y empiecen a velar concienzudamente por el bienestar de los trabajadores; pero sobre todo espero que nosotros mismos empecemos a tomar las riendas, nos impliquemos y llevemos a cabo la reforma sindical, piedra angular para combatir al verdadero enemigo, que viste de “Prada”.

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