En el teatro de la vida la actividad política ha derivado hasta convertirse un gran circo repleto de funambulistas, payasos, domadores, prestidigitares y demás integrantes de esa variopinta “troupe” que embelesa las mentes del público, provocando una peligrosa catarsis donde nos encontramos “… en el mismo lodo todos manoseaos”. Nada ni nadie es lo que parece y cada vez resulta más difícil distinguir entre “ignorantes, sabios, chorros, generosos o estafadores”.
Las malas artes utilizadas por la clase política para justificar el fin poco a poco se han ido imponiendo al sentido común y nos han dejado una perversa herencia que iguala a los inmorales con el resto de la humanidad. El foro público es ahora un plató de prensa rosa donde todos mienten y se insultan por intereses y donde aquel que más desfasa, más alza la voz o busca la complicidad del respetable tergiversando lo que éste quiere oír tiene más razón.
Vivimos una época de política interactiva en la que los ciudadanos en vez de recriminar y castigar a sus representantes electos remedan sus malas artes y se creen con el derecho mentir, difamar o blasfemar según le venga en ganas, condenando al olvido derechos fundamentales del individuo, haciendo juicios públicos basados en una rumorología interesada sin base ni fundamento alguno. “Al carajo”, como diría el difunto Fernando Fernán Gómez, con el beneficio de la duda, el oír todas las versiones o razonamientos. No interesa saber, es más rentable provocar un río revuelto y turbio.
“Correveidiles” y cronistas asalariados fomentan y sostienen este sistema perverso repitiendo una y otra vez mentiras o verdades a media: “¿Botella medio llena o medio vacía”?, creando una cortina de humo que impida ver el bosque, ver con claridad y ecuanimidad la realidad ante sus ojos.
Nuestra ciudad tienes muchas necesidades por resolver, pero afirmar que no se ha hecho nada, que está peor ahora que tras el azote de los “Hunos” sufrido en los últimos veinte años o pretender que se resuelvan problemas “seculares” de la noche al día es obrar de mala fe. Se puede estar más o menos de acuerdo con las soluciones buscadas, pero lo que no se puede hacer es dejarse llevar por la falta de objetividad. Son muchos los que critican con ligereza pero luego son incapaces, supongo que porque no les conviene, de dar la cara cuando se les propone debatir con argumentos.
Acabar con esta inercia es cuando menos difícil, pero cejar en el empeño es inadmisible, le pese a quien le pese y ocurra lo que tenga que ocurrir. No pierdo la esperanza en la sabiduría popular. Llegará un momento en que la gente se harte de tanta manipulación, que busque claves distintas para interpretar, que decidan razonar por si mismos, que dejen de hacerle el juego a los políticos marrulleros, que exijan otra manera de hacer política y aprendan a valorar y a distinguir formas distintas dentro de ese lodo donde cohabitan. Y si no se consigue, pues seguiremos teniendo lo que nos merecemos, y la vida sigue…

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