Los últimos sondeos realizados por el CIS no arrojan datos excesivamente alentadores, como tampoco cabía esperar. Nueva mayoría absoluta de la obligatoria alternativa “tuyamía” a la que inevitablemente estamos expuestos con las imperantes normas de juego. Es decir, seguiremos tragando ruedas de molino porque una minoría de votantes convierte en absolutistas a un grupeto de amigos quienes se otorgan carta libre para hacer o deshacer a su antojo en representación de toda una nación. “Iluminatis” de poco pelo dotados de infalibilidad para encontrar soluciones.
No quiero redundar en obviedades. Sin embargo, hay un dato que me alarma con especial inquietud. En todas la quinielas encuentro partidos nacionalistas que tendrán, o no, mucho que decir. Busco a los representantes de la mayor comunidad de este entramado nacional, pero no los encuentros. ¿Quiénes defenderán los intereses de Andalucía? ¿Cómo es posible que, con todos los votantes que somos, no haya un partido propio de nuestra comunidad en la cámara de diputados? No puedo por menos que entristecerme.
Habrá quienes monten en cólera si se dice que tenemos lo que nos merecemos, o que somos una “nación” de paletos serviles. Pero no concibo ninguna otra explicación a tal tragedia. Si ya tuvimos representación al principio de la democracia, y son tantos los que reniegan del bipartidismo, ¿Por qué seguimos votando a estos caciques nacionales que nos acallan con migajas? Cuestión de cultura, supongo, y de clientelismo al latifundista. La falta de iniciativa, valentía y capacidad emprendedora hacen de nuestra gente una comunidad aborregada, que mira su propio ombligo con la esperanza de pillar el mendrugo mayor: “… ande yo caliente…”
Tampoco ayuda la experiencia previa. Aquellos que abrazaron la causa andalucista no eran más que un resquicio romántico de señoritingos que encumbraron a Blas Infante como mero entretenimiento y para darse tono. Mataron la ilusión de muchos antes de haber nacido. Quizás nos falte unión y carácter colectivo, pues el “Sevillanismo” ha demostrado su invalidez como denominador común y tiene los días contados.
Seguiremos, pues, con el mismo “…plato lleno” y las migajas mientras catalanes, vascos o canarios inclinan la balanza a su favor, y mientras no haya un cambio diferencial de mentalidad que aglutine en un grupo comprometido de andaluces la voluntad de todos para luchar por nuestros derechos idiosincrásicos.
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