En la política actual, desgraciadamente, se juega demasiado con el lenguaje y los significados, siempre, claro está, con fines poco saludables. La demagogia de los grandes partidos ha llevado al establecimiento de sus propias normas éticas, las cuales proscriben formas alternativas de proceder que amenacen con aires de cambios.
Los partidos nacionales y regionales aplican de manera ventajista el rodillo de la oligarquía política, se sirven de los medios a su alcance (financiados por el erario público, por supuesto) y alienan las mentes de los posibles votantes, haciéndoles creer que no existen variantes posibles a las actuales y menospreciando a los supuestos “advenedizos”. Esta postura inmovilista, que predican desde sus púlpitos como buenos samaritanos, proclama la infalibilidad de un sistema partidista donde sólo ellos tienen capacidad de gestionar adecuadamente los órganos de gobiernos.
La perversión política es tal que el ciudadano de a pie teme aventurarse a votar siglas nuevas, sean del color que sean, por el miedo inculcado, olvidando que son las personas y no los “pins de solapa” las que piensan, obran y poseen la experiencia y capacidad suficiente para llevar a cabo proyectos. Resulta evidente que no por el hecho de pertenecer a un partido de rango nacional o regional los políticos quedan ungidos de sabiduría, ni tampoco una correspondencia de siglas garantiza el apoyo y desarrollo de las promesas electorales.
Muy por el contrario, que un partido local comparezca con siglas nacionales suele tener bastantes desventajas con respecto a otro cuyo ámbito de actuación sea sólo municipal y libre de todo credo o sometimiento partidista, pues el “Principio de Obediencia” siempre prevalecerá a los intereses del pueblo. La experiencia nos dice que solamente la necesidad de buenos resultados electorales que posibiliten la gestión de organismos públicos tales como Diputaciones Provinciales hará que estos partidos inviertan en las localidades que dominan. De otro modo, toda reclamación caerá en el olvido y todos los llantos obtendrán una yerma respuesta. Por tanto, resulta una falacia envenenada hacer creer al electorado que ellos sí contarán con el favor del gobierno regional o nacional para cumplir sus compromisos.
Profundizando aun más, el mismo principio de obediencia a la cúpula nacional nos da la clave para deducir, entre otros asuntos, porqué la Sr. “Alcaldeza” convocó un pleno extraordinario en el día de la huelga general contra la reforma laboral propuesta por el gobierno del PSOE, porqué ningún representante del partido hizo acto de presencia, ni siquiera a titulo personal, en la manifestación de apoyo al pueblo Saharaui (aunque, probablemente, no harán ascos a la consabida foto de recepción a los niños acogidos en verano) o porqué no se llevan a cabo reformas que levantaría en armas a algún que otro colectivo. Callan, obedecen y se están quietecitos como marca el guión. Se puede afirmar que estos partidos a nivel local tienen vetado tomar decisiones, por muy necesarias o favorables que estas sean, que resten votos y, normalmente, se ven maniatados en sus movimientos.
Votar siglas en vez de a personas ha sido un lastre en la política sanluqueña de consecuencias nefastas, debido, principalmente, a la promoción del clientelismo electoral en detrimento de un desarrollo adecuado y generalizado cuyo beneficio alcanzara a la mayoría de ciudadanos, y al mal uso de los fondos públicos con fines propagandísticos que ha derivado en políticas populistas para garantizar votos. Si el fin último de un partido es perpetuarse en el cargo el resultado es siempre el que, lamentablemente, ya conocemos.

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