jueves, 10 de marzo de 2011

CanPatero o la virtud recompensada

Era CanPatero un perrillo normal de andar por casa, pulcro, jovial y juguetón, de los que pasaban desapercibido en la clase y el patio del colegio, pero que se meaba en la mejor esquina o columna cuando los demás no miraban. Adoraba a Babe, el cerdito valiente, y soñaba cada noche con emular las hazañas de su héroe como guardián del rebaño.

Criado en los mejores centros de adiestramiento (colegios caninos) se le encendió la luz al ver el anuncio de “Curro”. Sabía que era capaz de realizar todos sus trucos, incluso mejor que él. Con esfuerzo, tesón y mucho talante hizo propósito de agradar a todos. Esa sería su mejor virtud para triunfar. Poco a poco fue subiendo en el escalafón canino. Paso, en un “pis pas”, de ser el “pringaillo” del colegio, el invisible, el “ah, pero si está ahí”, el último en ser elegido en los repartos de equipos, a convertirse en delegado general. Su, hasta hacía no mucho, maltrecho ego sanaba y crecía a pasos agigantados. De este modo, portando insigne aureola y sonrisa de Mona Lisa, mediaba en los conflictos cotidianos, dándoles la razón a todos y no quitándosela a ninguno. Tolerancia, mucha tolerancia y empatía eran la clave para resolver diferencias, sin acritud, claro.

Tras completar su formación canina superior se alistó en la banda dominante del barrio, desde donde podría ampliar notorios horizontes de futuro. Aprendió, entonces, nuevos trucos, a saber estar, a dominar la piedra angular del buen can, los ladridos musicales como cantos de sirenas, y todas las demás artes del liderazgo. No sorprende que, sin hacer ruido, se convirtiera en el líder de la banda. Su carácter, aparentemente dócil y conciliador, no pasó desapercibido para las altas esferas del orbe perruno.

Eran tiempos convulsos los que arreciaban por aquel entonces. Su banda, inmersa en guerras internas, se desangraba por la sucesión del gran líder tras haber perdido el control de la “Orbe”. Para asombro de todos los barones del clan, CanPatero, adoptando una pose al más pleno estilo Babe, se ofreció como el líder sereno y carismático necesario para alcanzar la paz entre las facciones. De la misma manera, él encabezaría la reconquista del poder absoluto. Muchos de esos barones hicieron gran esfuerzo para no partirse de la risa ante semejante descaro. Sin embargo, era tal el odio que se tenían entre ellos que, sin caer en la cuenta, la mayoría prefirió votar a CanPatero antes que al enemigo, por ser éste el único que no caía mal a nadie. Al fin pudo conseguir su sueño de la infancia, con talante, mucho talante. Llegaba “KhanPatero”, emperador de los mongoles, en busca del santo grial (al infinito y más allá).

Desde entonces, trovadores y juglares recitan de barrio en barrio las osadas hazañas de KhanPatero, fiel amigo de todos los perros y mejor perro de todos los amos, quien dio lustre y limpió el noble nombre de la gran “Orbe” durante su reinado, elevando su hidalguía hasta límites insospechados, y obteniendo por ello, así como por su inigualable virtud, merecida recompensa (y una pensión vitalicia, que todo hay que decirlo).

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